Estos días se conmemora la tortura y la muerte de un hombre en tiempos del emperador Tiberio. Con fe o sin ella, en muchas ciudades, como Sevilla, se asiste a una espectacular representación colectiva. Se trata, insisto, con fe o sin ella, de una catarsis, una purga emocional muy parecida a la que buscaban las tragedias griegas. Se trata de vivir lo que, en realidad, no se hemos vivido.
En la frase anterior mencionaba la realidad, eso que se hace cada día menos identificable; no tanto por la capacidad de la Inteligencia Artificial de construir falsedades muy realistas, como por el hecho de que la propia realidad se hace más y más inverosímil. Siempre hemos necesitado relatos y representaciones para darle algún sentido a la incoherencia de la vida; pero, en nuestro tiempo, con un ritmo informativo frenético y un creciente vacío vital, buscamos, además de sentido, un instante de emoción y gratificación.
Contemplamos el mundo como un espectáculo televisivo; quien dice “no a la guerra” y se siente moralmente satisfecho en su indignación no está muy lejos de quien, imbuido por algún tipo de devoción religiosa, política o económica, proclama que Trump y Netanyahu están salvando el planeta o a Occidente o lo que sea. Somos espectadores de una tragedia ajena. Tomamos partido para sentirnos un poco protagonistas, sin que eso afecte, en absoluto, el desarrollo de la representación. Dentro de nuestra ignorancia y nuestra impotencia, encerrados en nuestra condición de espectadores o, puestos en lo peor, víctimas, en algún momento podemos intuir que la vida es, como decía Shakespeare en Macbeth, “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y sin ningún sentido”.
Consideradas las cosas en su conjunto, con fe o sin ella, no parece nada extraño que, en unas calles abarrotadas, se conmemore, como evento cósmico, la tortura y la muerte de un hombre en tiempos del emperador Tiberio.
Me llamo Enric González. Por favor, sean prudentes en la carretera.

