Alguien ha dicho que los dioses
no se dignan ocuparse
de aquellos que han pisoteado
la majestad de las cosas intocables.
Quien lo dijo no era un ser piadoso:
porque brota, prolífica, la Maldición
que se abate sobre los osados,
sobre quienes alientan metas
que superan la justa medida,
cuando sus casas desbordan de abundancia.
Ares, que cambia por oro
la sangre de las víctimas,
sostiene la balanza en la guerra,
y desde Troya devuelve a sus familias
un puñado de polvo calcinado,
amargo y triste,
urnas rellenas de ceniza
en lugar de hombres vigorosos.
Esquilo, Agamenón, 369-380 y 437-444












